Compartir experiencias en Internet se ha convertido en algo habitual y que sirve de referencia a muchos peregrinos a la hora de elegir sus alojamientos. Evidentemente, existen opiniones de todo tipo pero las negativas suelen llevarse la palma. El principal motivo es que quien tiene una valoración positiva-la mayoría de los clientes/peregrinos-no suele compartir su opinión. En cambio, algunos portales se convierten en lugares de lapidación públicos con críticas que no siempre son reales ni veraces, a modo de ring, donde todo vale independientemente de que sea cierto o no.

Muchos hospitaleros nos comentan, y nosotros a ellos, la sensación de vulnerabilidad que tiene un albergue ante comentarios que, aunque no todos, muchas veces distan muchísimo de ajustarse a la realidad. Simplemente en la mayoría de los casos escritos por clientes (no utilizamos a propósito el término peregrinos) que nos exigen servicios que no nos corresponden ni ofrecemos: entrada nocturna a cualquier hora, baños dentro de las habitaciones, recepción 24 horas, etc. De hecho, dentro de lo absurdo y grave de la situación, casi todos los albergues tenemos comentarios que es imposible que se correspondan con nuestro establecimiento.

A qué viene toda esta diatriba? A que no se fíen de todo lo que leen. Sí hay parte de verdad, y toda crítica es buena cuando es constructiva y te ayuda a mejorar. Pero la crítica fácil de repataleo de patio de colegio sólo sirve para desatascar la frustración de esa persona en un momento dado; y eso sería hasta cierto punto entendible y/o justificable si no perjudicase la imagen de un negocio y de sus trabajadores. Insistimos: si es cierto, bien. Pero si está hecha a mala fe y con ánimo de perjudicar, con juego sucio de por medio, no todo vale. Ahora díganme ustedes, ¿ cómo se distinguen?

 

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